
Si tuviera que definir el cero absoluto, lo haría como el grado de imparcialidad que solemos tener las personas al evaluar nuestras vivencias pasadas.
Cuando abres el baúl de los recuerdos, se me antoja curioso el hecho de que todo lo recubre un halo de parcialidad absoluta, que degenera los momentos vividos y te lleva a creer que las cosas pasaron de determinada manera o forma, sin dar a lugar a ver que las cosas pasan porque dependen de millones de factores que nosotros no podemos controlar, pero que si no lo hacemos parece que estamos dejando de hacer lo correcto.
Cuando miro al pasado pienso en todo el sacrificio que dejé, todos los esfuerzos y voluntades que allí perecieron en pos de algo que murió y sientes una extraña mezcla de pena y rabia que no sabría definir, una mezcla que hace que esos recuerdos, cuando cogen fuerza se agolpen contra tu entendimiento generando estados de enfado, estados de rabia inclusive… cuando lo cierto es que lo único que estamos haciendo es perder nuestro tiempo presente por algo que ya no está, por algo que se murió y no va a volver, porque las condiciones han cambiado tanto, que por eso estamos en este punto, que cuando hayamos pestañeado ya habrá pasado y ese momento no va a volver.
Cuando una se da cuenta de esto, suele haber pasado un tiempo que no va a volver, pero que sin duda, hace que el presente y el futuro sean mejores, pues se ha aprendido una valiosa lección: la lección que nos invita a vivir cada día como si fuera el último, pero sabiendo que es el primero de un tiempo que será mejor que el pasado, porque las personas con el tiempo, nos curamos de la juventud, a pesar de pagar con nuestra salud. Quizás por esto hay que cuidar tanto el alma como el cuerpo, porque cuanto más conservemos el envoltorio, mejor estará lo que en el se guarda, porque la madurez, sin lugar a dudas, es el premio que se obtiene después del peregrinaje de la juventud.
El equilibrio es la esencia de la persona, todos los problemas de las personas se pueden definir por algún desequilibrio, emocional, hepático, neuronal, muscular,… tanto da el tipo o la forma, siempre que nos desequilibramos hace que todo se mueva y es a partir de ahí que hay que tomar el timón y poner rumbo al equilibrio, hay que salvar la nave y su contenido, para disfrutar de la travesía que es la vida de nuevo. Yo ahora he aprendido la lección de nuevo, pues estas lecciones las suele dar la vida, y no siempre una esta atenta, como dicen, quien no atiende, después no entiende… y ese suele ser el suplicio de la juventud, que no se atiende más que a uno mismo, a una parte de uno mismo.
Vuelvo ahora a poner rumbo a mi destino, desconocido e intrigante, seguramente lleno de alegrías y decepciones, vicisitudes y tormentas que harán que lo que en esta parte del viaje creo haber aprendido, me ayudará a disfrutar más de los buenos momentos y a trabajar para que los malos sean más cortos, al final, de que el equilibrio que ahora tengo, sea un equilibrio estable y no uno de inestable, en definitiva, que vuelvo a navegar con rumbo y paradero desconocido, pero al fin y al cabo, vuelvo a la mar, después de haber embarrancado mi vida y mi corazón.
No sé que aventuras correré a partir de ahora, pero creo que todas las que vengan serán bienvenidas, porque mi mayor deseo es el de vivir y no lamentarme por lo que no fue y pudo haber sido, porque los lamentos son ese espacio de tiempo por el que uno deja de vivir su vida, para ver como las oportunidades pasan y no vuelven. No reniego de lo vivido, solo reniego de no dejar de vivir por lo que ha pasado. Me he prometido a mí misma que voy a navegar hasta encontrar a la persona que me ayude a formar una tripulación por la que valga la pena de vivir y con quien compartir las puestas de sol, las sonrisas, los detalles de una vida que si observas es maravillosa y que muchas veces dejamos de observar con la atención que se merece, no se si por culpa de nuestro egocentrismo o por culpa de nuestra pérdida de perspectiva.
Ahora me vienen a la cabeza mil y una imágenes de lo que he vivido, casi todos son recuerdos maravillosos, y de los que no lo son, solo decir que he aprendido valiosas lecciones. El tiempo acaba por poner todo en su sitio, y yo creo que mi tiempo ha llegado porque me siento en mi sitio. Quiero agradecer desde estas breves líneas todo el soporte que he recibido de la gente, tanto conocida como anónima, porque no hay conversaciones estúpidas, sino que la estupidez suele ser no tenerlas, porque todos tenemos algo que enseñar, pero también algo que aprender de los demás.
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